domingo, 9 de junio de 2019

Diario de un viaje en tren

Foto tomada desde mi asiento
Bueno pues tantos meses pensando en como organizar los viajes que tenía programados y que me depararían y ya están terminados.
El tren ha sido el protagonista de los dos, porque ha sido mi medio de transporte elegido.
Además de trasladarme me ha dejado más de dos horas de charla en el vagón de la cafetería, que en los últimos viajes se ha convertido en mi segundo asiento. Lo que da de sí un zumo de piña..... Y mientras charlábamos de Objetivos de Desarrollo Sostenible, de investigación y de cosas de la vida, nos adentrábamos en tierras manchegas, dónde el paisaje se viste de llano, amarillos y zonas de pinos. Allí donde mi corazón le recuerda a mi mente tan buenos ratos y Vínculos hechos, los lugares dónde, primero en  Los Chospes y luego en Casas de Lázaro, mi grupo se ha convertido en el de jóvenes con mucha experiencia y dónde luego nuestros niños han crecido y jugado, se han caído y levantado.
Como parte de ese paisaje aparecen los molinos
de viento. 
Estampa manchega con los actuales molinos
Pues bien allí dónde Don Quijote sólo veía "desaforados gigantes" ahora otros ven progreso, innovación, energías renovables, y yo sigo viendo los molinos de un buen amigo, las tierras de una compañera de piso y los viajes en el coche familiar, de tantos puentes de la Constitución, con las niñas preguntando queda mucho.... 
Y entonces cierro los ojos y me traslado un montón de años en el tiempo cuando cada verano viajábamos en familia a Galicia para pasar el mes de agosto. Esas interminables catorce horas o más en coche sin aire acondicionado y juegos entre hermanos. Dos eran nuestros favoritos: adivinar la provincia de origen de los coches con los que nos cruzábamos, entonces cada uno llevaba sus dos letras identificativas y a imaginarnos la historia de vida de cada viejecito en bicicleta al que adelantábamos. Esta era sin duda la parte que más me gustaba, los vislumbraba por la espalda e inventaba por las ropas a que se habían dedicado y hacia dónde iban a esa hora. Maestros, agricultores, ganaderos, comerciantes para cada uno teníamos un oficio y un destino. A veces nos saludaban al pasarlos y yo pensaba si supiera que le hemos creado toda una historia. Así que bueno aunque de forma anónima fueron protagonistas durante una hora de la imaginación de unos niños que van de viaje y hoy les devuelvo su lugar escribiendo sobre ellos.
Creo que me he dormido, me despierto y prosigo porque después de un tren va otro. Y así va pasando la vida, entre viajes y experiencias por contar.

Líquidas convergencias (Fuenlabrada)
 Destino de ese día: Madrid, a una jornada técnica,  como empieza muy temprano decido viajar la tarde de antes, eso me permitía disfrutar de una horas de cena y desayuno con una amiga. 
También me ha brindado la oportunidad de conocer Fuenlabrada, de la que me sorprendió: su ambiente y una bonita fuente, en la que peces metálicos de distintas especies confluían entre sí como en una hora punta de cualquier ciudad. No sabemos como la apreciarán los lugareños, aunque yo no puedo resistirme a mirarlos, que para eso nací en el Mediterráneo. Hace un tiempo escribía sobre la posibilidad de nadar contracorriente y para ello elegía una trozo de papel de regalo que fue el que me inspiró A contracorriente (os dejo el enlace porque es de 2017).  Y tal y como dice el título, hay una segunda historia que contar aunque esa la reservo para la próxima semana.

domingo, 2 de junio de 2019

Un corazón de piedra

Al hilo de la entrada publicada la pasada semana sigo buscando frases que tengan una connotación en general negativa y que podamos transformar en nuestra versión alegre y positiva.
Elijo la expresión tener el corazón de piedra, puedo ponerme en situación y entender el porque de la misma, ya que si hablamos en sentido literal el corazón es un músculo, sano pero necesita acción, como cantaban Los Ronaldos, allá por los ochenta largos. Con esa premisa podemos deducir que si no ejercitamos este órgano se irá endureciendo y encogiéndose hasta hacerse chiquito y casi no recordar cuál es su misión.
Más allá de dar una clase de anatomía y funcionamiento del cuerpo humano, que sería la base estricta y formal de las utilidades del corazón, prefiero fijarme en el uso que de forma cotidiana hacemos de él, porque para empezar, hasta le hemos atribuido una forma para expresar el amor, aceptada y reconocida por todos, y que es muy distinta a la que en realidad tiene.
Su función sí es indiscutible, es vital y de la misma forma que en sentido fisiológico, aquí si hay una correspondencia con lo que de verdad hace y las similitudes expresadas por la literatura, historia, psicología, espiritualidad y otras tantas disciplinas.
Cuando nos dan una buena noticia decimos que se nos llena el corazón y verdaderamente respiramos y bombeamos la sangre con más fuerza, por el contrario una mala noticia nos achica y nos hace sentir un dolor que nos atraviesa desde fuera hacia las profundidades de nuestro interior. Si nos sentimos atraídos por una persona toda la química se pone en marcha en nuestro cuerpo, produciéndonos reacciones como cosquilleo, deseo y por supuesto una sonrisa en nuestra cara difícil de borrar. Por el contrario un desengaño amoroso produce que nuestro corazón se endurezca y reaccione ante los estímulos que van llegando, hasta el punto de que una sola de estas desilusiones puede pesar más que la dicha de las emociones positivas. 
Y así cada tropiezo nos va dejando una huella, cada piedra en el camino se convierte en una cicatriz, y muchas de estas pueden llevarnos a que este músculo alegre y pleno se torne duro y gris. Y es ahí dónde curtidos en mil derrotas decimos que la vida nos ha llevado a tener un corazón de piedra.
Pues a desmontar mitos que toca y os hablo desde mi experiencia personal y que mejor que hacerlo con un documento gráfico.
El verano pasado en la arena me tropecé con un objeto duro, tras soltar sapos y culebras por la boca, ya que mis deditos de los pies se resintieron, bajé la vista y descubrí esta piedra.
No me pude resistir y me agaché a recogerla, cual fue mi sorpresa cuando descubrí en ella la forma de un corazón, hasta con su válvula de entrada como podéis apreciar.
La recogí pensando que estaba ante una señal, frente al mar, con lo que eso reaviva, y encontrar esta hermosa figura, tenía que ser sinónimo de algo bueno. Me la llevé conmigo y tras unas semanas decidí tenerla en la oficina. Así podría acariciarla en los momentos de respira hondo antes de mandar a alguien hasta el infinito y más allá, y así lo hago y funciona. Su tacto suave, porque seguro que el mar, el viento, la arena y quien sabe si otros dedillos o patitas, han pasado sobre ella, dejando su superficie lisa y agradable al tacto.
La uso también cuando tengo que crear y por supuesto a la hora de tomar una decisión, porque este corazón no es sólo una piedra, me devuelve a la naturaleza, al origen y me demuestra una vez más que no todo lo que decimos y asumimos tiene que cumplirse al pie de la letra. 

domingo, 26 de mayo de 2019

Un paseo celestial

Tocar el cielo con las manos, ¿Puede el cielo alcanzarse? ¿Podemos elevar tanto las manos que nos parezca que alcanzamos lo más alto? ¿Qué nos puede producir en esta vida tanta satisfacción? A veces es conseguir una buena nota, que la persona que nos gusta nos dedique una mirada u hoy en día un mensaje de WhatsApp, una buena noticia en el ámbito profesional, los resultados negativos de una prueba médica o por el contrario un positivo transformado en dos rayas rosas que confirman un embarazo, y así podríamos hacer una lista interminable de motivos por los que alcanzar el firmamento.  
Una vez que llegamos a él, si de verdad pudiéramos tocarlo, ¿Qué haríamos? ¿ Amasar las nubes, como si de harina se tratara entre nuestras manos? Como soy golosa mas bien me imagino un gran algodón de azúcar, esponjoso que se deshace al intentar moldearlo, escapando de las formas convencionales, para proseguir su camino en libertad. 
Porque de eso se tratan las caprichosas formas de la nubes, de instantes efímeros que nos reportan felicidad mientras son mecidos por el viento, daros cuenta que diferencia entre ser barridos y la palabra que he utilizado. La primera mecer, nos transporta a los cálidos brazos que arrullan a un bebé, la otra barrer nos hace sentir que sobramos, es algo que hacemos para eliminar la suciedad. Imagino que dependiendo de cómo me siento utilizaré una forma u otra.
Prosigamos nuestro viaje, una vez alcanzadas las nubes, si nuestra mano siguiera avanzando ¿Qué creéis que haría? En mi caso lo tengo claro, llegaría a las estrellas y me las puedo imaginar o como galletas de canela, que me encantan, o como pequeños botones de contacto que al ser rozados por mi dedo índice se encienden e iluminan nuestra noche más oscura. Pueden mostrarnos un camino o acompañarnos en ese momento especial tumbados en la playa, aportando la luz justa para ver esa silueta que se adivina tumbada en la arena, uhm puedo sentirlo.
En ese paseo estelar sorteamos las pequeñas luminiscentes, porque una vez arriba si ya tenemos el cielo a nuestros pies, se trata de continuar sin hacernos daño mutuamente. Y puestos a pedir queremos un sendero porque el que avancemos de forma cómoda, en el que podamos conocer otras formas de vida, y así poder despertarnos para comenzar un nuevo día.
Porque para pasear entre las nubes no hace falta estar soñando, podemos experimentarlo en cada una de las situaciones que vivimos transformando los elementos a nuestro antojo y disfrutando del momento.
Y ¿Qué pasará cuando vengan nubarrones? Pues para eso podemos comprarnos un chubasquero y ver cómo resbalan las gotas que caen, y si después de chispear, llueve, para ese momento buscaremos una tabla salvavidas; los hay que dispondrán de barco, si este es grande, a lo mejor nos puede dar cobijo. Y si pillamos una corriente de aire tan fuerte que diluvia y se forma una cortina de agua que nos impide ver más allá, entonces la apartaremos con la mano para ver a través de ella, que no se puede, como no hay mal que cien años dure, en algún momento parará, oye y si esta historia no me gusta pues la cambio que para eso es la mía.
Este es el poder de las palabras, los dichos y la forma de entender la vida, son en sí mismos, todos estos elementos tan fuertes, que una vez comprendemos su poder tendríamos que sentirlos dos veces antes de dejarlas y dejarlos escapar de nuestra boca y pluma.

domingo, 19 de mayo de 2019

Deshaciendo capas

Esperando a ser guardadas
Toca salir del letargo del invierno, adentrada ya la primavera y a un mes del verano, es tiempo de desprendernos de las capas que nos recubren y protegen para dejarnos ver. Es el momento de poner tu piel al sol recibiendo el brillo que los rayos nos dejan, abrazándonos como una madre a su bebé.
Es tiempo de decirle adiós a ese grueso poncho, bajo el que pasamos tantas horas y que nos sirvió de parapeto de los vientos fríos, entendiendo estos como las corrientes de aire aunque también pueden ser palabras que nos hirieren o que nosotros así las sentimos.
Acostumbrados a caminar cubiertos con el respaldo que la manta nos confiere, mostrarnos tal cual somos se nos hace cuesta arriba, aceptar cada surco y montículo se convierte en un ejercicio valiente, visualizar sin juzgar cada día la imagen que nos devuelve el espejo, es el primer paso para aceptar quienes somos y que el tiempo pasa a nuestro favor.
Convertir nuestro cuerpo en un templo es la frase de moda hoy en día, ¿Qué significa realmente eso?
Si durante todo este tiempo hemos trabajado nuestra mente y corazón ¿Qué sucede con el envoltorio? En este mar de incertidumbres me he bañado durante mucho tiempo, a veces desistía en la idea y me dejaba arrastrar a la orilla para quedar varada en la arena, otras simplemente me mecía en las olas subiendo y bajando, y de repente un día vislumbro la isla en el horizonte y siento la necesidad de nadar hacia ella. Es tiempo de descansar bajo la sombra de una palmera para volver a encontrar mi playa. Ese lugar dónde cada uno de nosotros podemos regresar a descansar, tomar aire y continuar.
Recostada en la orilla contemplo todo lo que me rodea, cangrejos que avanzan a la par que retroceden, y pienso en los humanos que en ocasiones caminamos así, un gran paso hacia adelante, sentimos vértigo, volvemos un poquito hacia atrás, y otra vez hacia adelante.
Observo a los ermitaños, siempre con su casa a cuestas, es su única posesión, su tesoro y no quieren abandonarlo, les protege, les da seguridad y por ello no les pesa llevarla. Cuidan de su concha porque forma parte de ellos mismos y con cierta melancolía vuelvo a al cuerpo físico y en la piel veo el envoltorio con el que conviviremos hasta el final y me pregunto como cuidarlo cada día más y venero cada centímetro de la piel y su función protectora. Así vamos poco a agradeciendo todo lo que nos cubrió y que hoy se hace innecesario, porque somos perfectos en si mismos.
He tardado mi tiempo en aceptarlo tal y cómo es, todavía hoy de forma inconsciente lo olvido, aunque y cada vez con más frecuencia lo voy controlando. Sí lo soy y con esa frase que me devuelven mis labios en el espejo, pongo en valor cada centímetro de más de mi misma, sabiendo que irán bajando cuando comprenda que no hay nada que cubrir.
Y es entonces cuando vuelvo a ese primer día de playa en el que llegamos mirando a todos sitios completamente blancos y nos enfrentamos a las miradas de los demás, y descubro que somos nosotros mismos los que las dotamos de vida, asignándoles nuestros propios miedos y prejuicios. Y es hoy cuando digo se acabó no necesito arroparme de más.

domingo, 12 de mayo de 2019

Aguas estancadas

Al comenzar 2019 y tras pasar el mes de enero, planificando el año nuevo, me hice el firme propósito de escribir cada semana, tenía que elegir un día y los domingos me parecieron los más adecuados porque marcan el final o el inicio de una nueva oleada de días o cómo queramos verlo.
Manos a la obra comencé en febrero y he ido publicando cada día del señor, reflexionando sobre cuestiones de mi día a día, a veces uniéndolas con el momento que se celebraba a mi alrededor, otras tan sólo contando mi experiencia.
Y así llegamos al domingo pasado, 5 de mayo, en el que además se exalta la figura de la madre, y claro como soy hija y madre, por ese orden, me tomé el día de asueto y no publiqué nada. 
Mi sorpresa fue cuando una amiga, muy querida por mí, Sony,
Foto tomada por alguno de mis compañeros de viaje en Irlanda en  
el Pozo de Santa Brígida (Kildare).
me pregunto: - Mery, ¿tu blog?. 
En ese momento no supe que decir, aunque me emocionó el Whatsapp, porque esto que yo hago para mí adquiría también un sentido para los demás. Cada vez que publico las respuestas que recibo son alimento para el alma, así que como es domingo, me pongo en faena con un nuevo retazo de mi historia que es la que comparto con todos vosotros.
Para hoy he elegido el significado de "aguas estancadas". El fin de semana pasado estuve en contacto con el mar, donde las aguas fluyen y se renuevan a cada instante, cada ola que llega a la orilla viene con un nuevo brío, con una onda diferente, con una espuma propia, permanece junto a nosotros un instante nos refresca, y a continuación vuelve a marcharse en busca de otras orillas o nuevas historias que contar.
Del mar que es el hermano grande, he pensado en los ríos, que corretean buscando huecos para seguir siempre hacía adelante, y casi imposible volver atrás, avanzan en una única dirección, dónde el pasado no importa.
Y de ahí me he ido a las aguas que se quedan atascadas en un determinado punto, se clavan en el hueco de una roca, se acomodan en el margen de un camino y permanecen ahí hasta que se secan o alguien les abre la puerta a seguir.  Esta comparación me lleva a los pensamientos que tenemos las personas, la mayoría de ellos pasan en microsegundos, dando paso a otros, unos nos llevan a la acción, otros sin embargo los dejamos correr, ¿Qué sucede con los que no evolucionan en ninguna dirección? Y se quedan ahí, segundos, horas, días, años, se enquistan y se convierten en parte de nosotros. A veces estos son los que nos producen enfermedades y malestar, porque hace tiempo que debieron salir y no lo han hecho.
Están tan solidificados que en el punto dónde se han quedado crean una muralla que hace imposible el avance, el paso de otras corrientes e ideas se convierten en una aventura de escalada similar a la del muro de "Juego de Tronos" porque no pueden franquear la estructura compacta que hemos consolidado. 
Es entonces cuando el fuego del dragón hace posible que se resquebraje la estructura, ¿y quienes son esos dragones? Pues a pesar de estar condenados por la literatura, y verlos como una amenaza, yo voy a lanzarles una mano amiga. Al igual que defienden castillos también podemos tenerlos a nuestro favor para volar sobre sus lomos y con fuego romper las barreras que nos hemos auto-creado. Es cuestión de cambiar el cristal con el que los miramos.
Pues en este proceso estoy, en reconocer que se me ha estancado dentro para poder eliminarlo del todo, hace un par de años ya tuve que recurrir a una ayuda externa que abriera cual soplete un hueco para limpiar, espero que esta vez no sea necesario, y si lo es bienvenido sea, porque no estamos solos en esta aventura.
Además que sepáis que las aguas densas, saben dónde pararse, generalmente en nuestro talón de Aquiles, en el punto que tenemos más débil. Porque es ahí dónde encuentran el espacio para quedarse y hacerse fuertes, dónde nuestros miedos se convierten en gigantes que cual molinos de agua nos acechan y volviendo de nuevo los términos de las figuras literarias, los molinos son construcciones en los que gracias a la fuerza motriz del agua podemos desde moler el cereal a producir electricidad.
Con esto quiero decir que siempre podemos invertir los términos de la ecuación para cambiar el resultado. 
Dónde pensábamos que no había salida, podemos encontrarla, todo depende de la manera en que  decidamos abordarlo y de la perspectiva que le demos.  Así que manos a la obra, a la masa o cómo os sintáis más cómodos y a cavar los túneles por los que el agua vuelva a correr y siga su camino. Yo ya estoy con el cubo y la pala preparada para hacer los pasadizos del castillo, serán oscuros y a veces húmedos aunque te garantizo que siempre hay una luz al final del camino . ¿Te animas?

domingo, 28 de abril de 2019

Un poquito de silencio



Sábado por la tarde desde mi sofá, intento ponerme al día con Juego de Tronos, haciendo una épica sentada, mientras viajo de reino en reino, compartiendo aventuras con todas las familias.
Y en ese momento comienza el bingo en mi barrio, se celebra en la plaza y podemos participar todos los vecinos. Casi sin avisar arranca, generalmente, conducido por una voz femenina que empieza a decir los números poco a poco.  Van saliendo el 55, cinco, cinco, el 68, seis, ocho y así hasta la primera pausa porque han cantado línea, comprueban la misma y los siguientes números hasta que alguien canta el bingo. Entre la línea y el bingo se oyen los murmullos de uy! cuando ya se acerca el final.
Imagino el recipiente en dónde residen todas las bolas con sus cifras marcadas y esperando para salir tras cada movimiento del bombo. Tras muchos años escuchándolo y, confieso que algunos participando, me doy cuenta que aún estando los números parece que hay algunos a los que les gusta destacar más que a otros, yo diría que el 15, el 13, 5 o el 45 salen casi siempre, o a lo mejor es que me gustan especialmente y me siento bien escuchándolos. Lo que no cabe duda es que queramos o no el sonido de la voz de la persona que canta los números penetra en nuestros hogares. 
Y entonces.... ante la imposibilidad de concentrarme en la serie, apago la tele y me abandono a imaginar que todas esas bolas con números somos nosotros esperando a que alguien nos nombre para salir. Pasamos gran parte de nuestra vida esperando que alguien nos abra una puerta por la que acceder al mundo, y cuando salimos allí ¿Qué nos sucede? Que nos sientan y esta vez en fila y por orden, porque mientras permanecemos en la gran esfera podemos relacionarnos unos con otros, girar, bailar, a veces ni salimos en toda la partida y no pasa nada. Tenemos un nombre y habitamos el mundo.
Una vez fuera nos espera una gran hilera de huecos dónde nos acomodan, y que a modo de un patio de butacas nos sientan a esperar. A veces tengo la sensación que la vida se nos pasa así, como si de una gran película se tratara y en la que pasamos por ella como espectadores.
Y entonces me acuerdo de La Rosa púrpura de El Cairo y empiezo a imaginarme como sería el mundo si algunos protagonistas de ficción pudieran salirse de las películas, y me voy a Orgullo y Prejuicio, ¿Qué haría yo si Mr. Darcy abandonará la película y fuera a buscarme? Pues probablemente lo seguiría, viviría un poco de la época y volvería enseguida a mis comodidades del siglo XXI, y si Denys (Robert Redford) ¿Me invitará a lavarme el pelo en África? Pues a riesgo de sufrir tirones y que me entre jabón en los ojos me dejaría, claro que luego pensaría en el ecosistema y volvería de nuevo a mi cuarto de baño. Y si yo fuera Claire y Jamie me propusiera conocer las Highlander… pues me tienta aunque creo que prefiero ir a verlas ahora que esta todo tranquilo sin batallas entre familias.
Buscamos mil y una historias fuera de nosotros que nos diviertan, cuando uno mismo puede divertirse mucho consigo mismo.
Y llegado a este punto termina el bingo y además he quitado la tele, con lo que me recuesto en el sofá y le digo a la vida gracias por lo que tengo y sobre todo por este ratito de silencio.

domingo, 21 de abril de 2019

Retazos de Semana Santa que habitan en mi alma

A lo largo de estas entradas he mencionado recuerdos e imágenes de cuando era una niña. Para hoy Domingo de Resurrección no tenía previsto nada, tan sólo fluir como en las otras ocasiones.
Aunque no cabe duda que es un día especial, los cristianos católicos celebramos que el hijo de Dios resucitó de entre los muertos, para enseñarnos que hay una vida plena tras una etapa de dolor y sufrimiento. Y trasladado eso a mi ciudad, tenemos toda una Semana Santa cargada de procesiones y actos que rememoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

En este momento cierro los ojos y me traslado a casa de mis padres y empiezo a recordar como era la Semana Santa. Arranca el domingo de burrica, esa procesión es la de las palmas, salíamos por la mañana a comprarlas, noto su tacto áspero y su profundo aroma, las llevamos a bendecir y por la tarde a la procesión. "Quien no estrena el domingo de Ramos no tiene ni pies ni manos", así que ese día siempre teníamos preparado algo. A veces unos calcetines, bastaban para cumplir con la máxima.
Lunes Santo, que nervios, ese día ya tocaba procesión, comprar los caramelos, ir al estanco de Rojas a por las postales de la Piedad, intentar dormir la siesta para estar descansadas por la noche y las horas que no pasaban, a las ocho de la tarde ya la merienda cena, una tortilla francesa en bocadillo o pechuga de pollo empanada. Enseguida a vestirnos, los pantalones a media pierna y ese día tranquilos porque sí o sí eran guantes y calcetines blancos. Y llegaba el momento de salir, tocaba ponerse "el mocho", nombre con el que se conoce a la prenda que cubre la cabeza de los nazarenos, y con el que siempre me pillaba el pelo.
Mi hermana y yo salíamos con mis vecinos del tercero y sus primos, Juan Pedro, Toñi, Rosi, Emilio, Chesca, Loli, Pedro, Ascen y a veces también se unían amigas. Cargados con las varas nos íbamos todos juntos al callejón de Bretau, íbamos siempre acompañados de un mayor, que al llegar allí nos decía: "todos juntos, y si os perdéis al entrar a la Iglesia buscar a Pepe, el hermano vara", entonces no teníamos móviles, dejar a los niños era un verdadero acto de Fe, los veías un par de veces durante el recorrido y casi siempre para reponer caramelos. En eso jamás he sido tacaña, los he repartido a puñados, porque si la gente esperaba para vernos pues había que darles lo que teníamos, además mi madre nos decía: "Repartirlo todo y que no vuelva nada a casa". Las postales las guardaba para mis profesoras y los conocidos, que luego le contaban que me habían visto y que bien educada estaba que les había dado de todo.
La entrada a la Iglesia merece una mención más que especial, incienso y flores, vuelven a inundar
mis sentidos, que emoción y nervios, desde que ponía los pies en la nave central podía sentirlos, así como el ruido de los tambores, que retumbaban dentro de la Iglesia: poropom, pom, popom…. Y las puertas de Santa María se abrían durante 10 días para que pudiéramos salir, la bajada por la rampa, el toc-toc de las varas y ya estábamos en la calle.
Del lunes recuerdo los momentos de la Salve frente a la Iglesia de la Caridad, el parón y por consiguiente cansancio de los niños a la altura de la Calle del Duque, y el deseo de llegar a la Iglesia y volver a cantar la Salve, esta ya para recoger la procesión y ver pasar el piquete militar.
En la vuelta a casa nos hacíamos las remolonas con la vara, y para compensar unos churros con chocolate, a veces en Chamonix (Puertas de Murcia) y estoy intentando recordar otros sitios, creo que la cocina de mi casa sería el más probable.
Como no parar un momento para tras el ruido de los tambores y la emoción del momento, sentir la suela de los zapatos pegada al suelo, claro, tiene su lógica repartíamos caramelos y volvíamos pegajosos, al día siguiente tocaba raspar las suelas para no manchar el suelo de casa.
Ya estamos en Martes Santo, el encuentro de los tres Santos, la bajada del Santiago por la cuesta, todo un espectáculo que emoción, ya de más mayor recuerdo verla desde dentro del Gobierno Militar con mi hermana que iba a ver su novio. Y el San Pedro desde el Arsenal, al escuchar el discurso por el que se le permitía salir en procesión, siempre pensaba que a lo mejor ese año llegaba a tiempo para que no lo arrestaran al día siguiente, claro es que tenía un pase de pernocta militar.
Ya tengo que mencionar a San Juan, que saliendo desde el Parque de Artillería completaba la procesión.
Para el Miércoles Santo, tengo el recuerdo de las empanadillas o agujas de carne que me compraba mi abuela para ver la procesión desde el balcón de su prima Conchita en la calle Serreta, en ese momento me parecía larguísima la procesión, la Santa Cena, y claro es que salían pocos niños repartiendo caramelos.
El Jueves Santo amanecía y nos levantábamos muy tarde porque luego teníamos el encuentro de madrugada. Aunque primero esa noche teníamos la procesión del Silencio, me impactaba la forma en que se apagaban todas las luces y los escaparates al paso de la procesión, una inmensa paz que hacía presagiar lo que estaba por llegar, es en esa quietud dónde nos encontramos en el estado idóneo para dejar fluir las decisiones y que se cumpla lo que está escrito.
Muchos de estos jueves también los hemos dedicado a saber que pasaba en La Unión, con el Cristo de los Mineros y en Cabo de Palos, aunque me cuesta salir del terruño estos días.
Nervios porque la madrugada se va acercando, es la noche más larga para una madre y un hijo, porque uno como adulto puede asumir sus decisiones, aunque para una madre, aún siendo quien es, duele y mucho. Esta noche se convierte en todo un símbolo para los niños porque es nuestra primera salida nocturna, mi padre llenaba el Renault 12 de varas y nazarenos apretujados camino de la Pescadería aunque está limpia para la ocasión, se puede sentir el olor a mar y sus habitantes. Es desde allí de dónde saldremos en procesión, atravesando todo el barrio de Santa Lucia, acompañados de saetas y camino del Encuentro con la Madre. Nuestro Padre Jesús Nazareno, es el titular de la Cofradía Marraja, y una gran marrajo a sus pies le acompaña en el trono.
Una pequeña nota, el tiburón mako, marrajo común o de aleta corta es una especie, parecida al tiburón, que abunda en el Mediterráneo.
Otra nota más, para aguantar la humedad y mantenerse despiertos, nuestros mayores beben laguenas, una mezcla de anís seco y vino dulce, pienso en que ganas tengo de hacerme mayor para probarlo.
La llegada a la plaza del Lago es todo un acontecimiento, que buenos recuerdos me trae el bar Puerto Rico, cuantas limonadas he tomado allí con el abuelo Pepe, mientras el disfrutaba de su café y el periódico.
Una vez finalizada la procesión toca dormir todo el día para reponer las fuerzas, nada mejor que un buen guiso de albóndigas de bacalao,  hecho por mi abuela Maruja, para entrar en calor, según me voy haciendo mayor, me cuesta más trabajo despertarme para comer y me digo a mí misma que si alguna vez tengo hijos no los despertaré.
De la procesión del Viernes Santo, recuerdo que mirábamos siempre el cielo, que muchas noches parecía querer cerrarse como la Noche oscura del alma. De esta bonita y solemne procesión recuerdo el Santo Sepulcro, fue la primera postal que le escribí a mi padre, con mis recién aprendidas letras y de él también recuerdo la seguridad con que nos decía: "si llueve, trajes hacia arriba, les dais la vuelta como si fueran capas sobre vuestros hombros y os refugiáis en un portal que yo os busco y os recojo, no importa lo que tarde, me esperáis".
En muchas procesiones cartageneras podéis encontrar las popularmente conocidas como "las
manolas", son las damas que visten de teja y mantilla y que devotas acompañan a la Virgen durante su recorrido. Un año tuve la oportunidad de sentirme como ellas acompañando a la Magdalena junto a mi madre. Ya se que no es una Virgen, aunque es cada vez más aceptada su importante figura junto a Jesús y la propia María.
Tras esta larga y emotiva noche, amanecemos en el Sábado Santo, ese día por fin abren los comercios y toca correr a por repuestos para la procesión de la Veracruz, la Confitería de San Vicente en la calle correos nos salvó en muchas ocasiones de salir de vacío, recuerdo sus cristaleras repletas de bolsas surtidas y los sepulcros, unos caramelos grandes y alargados que reservamos para nosotros los nazarenos.
La llegada del Domingo de Resurrección marcaba el final de esta gran semana, una procesión que de niña la recuerdo siempre con campañas tiñendo de alegría el ambiente y el bullicio de una ciudad que todo lo celebra de noche y ahora tiene el color del día. Todos los pasos me gustan, aunque me emociona especialmente el trono de Los discípulos de Emaús cuya banda va tocando Pescador de Hombres, la canción favorita de misa de mi tía abuela.
Y los años fueron pasando, parece que todo sigue igual, evidentemente la representación de la historia se repite siempre, la que ha cambiado es la protagonista. Aunque de sentir marrajo, de capirote pude cumplir mi sueño junto a la Cofradía Blanca, en el Cristo de la Resurrección, así estaba escrito y ahora su corazón rojo, se tiñe de lila, morado y blanco según van pasando los días.
Porque no podía faltar aquí la mención al Cristo del Socorro viacrucis con el que arranca la Semana Santa de España, desde luego la de Cartagena si, y por supuesto la ofrenda floral del Viernes de Dolores, en el que puntada a puntada mi suegra nos deja además de su buen humor y cariño unos trajes patrimonio familiar, estos se unen a los de terciopelo hechos por mi abuela y que cada año recrean en el comedor de mi madre un pequeño almacén semana santero.
Este año cuando ya pensaba que sabía mucho de esta semana de Pasión, he aprendido una nueva palabra y veréis porque ha sido.
La lluvia nos ha acompañado como yo nunca recordaba, tres días seguidos sin procesiones, así que junto a la pena de no disfrutar los desfiles pasionales, afloraban los sentimientos de alegría por lo que la bendición del agua suponía para este sediento campo de Cartagena.
Pues bien el Viernes Santo asistí al Vía Crucis que celebramos en el interior de la Iglesia, recreado en 14 estaciones y hoy leía con incredulidad el comunicado del Resucitado, porque ellos ante la imposibilidad de salir nos invitaban al Vía Lucis, porque Jesús ha resucitado.
Al principio pensaba se trataba de un error, más no era así y lo explicaba en la iglesia el sacerdote, se denomina de esta forma porque iniciamos un camino de Luz. Que curioso, porque estamos siempre acostumbrados al camino de la cruz y vemos el despejado y nos da hasta miedo ponerle nombre.
Así que queridos míos que predomine la alegría y la luz en este camino que hoy emprendemos.